Un paseo por la mañana en domingo, en un día muy soleado, por las vacías calles de un pequeño pueblo, calles solitarias, mientras algún vecino que rompe la monotonía y el silencio lavando su coche con la manguera, y se oye la vivaz cháchara de mujeres en un patio asomando las cabezas por la puerta, ávidas por fisgonear quién es ese tío desconocido que pasa por la calle, y entretanto,...¡zas!: veo ese viejo caserón, de fachada desconchada en absoluta desidia, un deslavazado alerón de canetes que gozó de mejor prestancia, y aquel enorme blasón, artilugios todos de manualidades por los que tengo extrema debilidad: tiro la foto como puedo, con un poco de esfuerzo consigo leer en la piedra la palabra GIL, y enseguida me alejo, pues no me agrada que tomen a mi persona por un chafardero melindroso. ¿ Quién debió ser el tal Gil?, me pregunto. Algún cacique desalmado, explotador y expoliador de pobres gentes, que diría Dostoiensky, quienes por no tener, no tendrían ni cera en las orejas: tan só...