miércoles, 4 de marzo de 2015

Encontrado en la sala de prensa de un monasterio holandés



El perro de la familia

Si puedes iniciar el día sin cafeína ni pastillas estimulantes…
Si puedes ignorar alegremente dolores y molestias
Si puedes soportar a gente aburrida quejarse de sus problemas
Si puedes comer lo mismo todos los días y estar agradecido por ello…
Si puedes entender que tus seres queridos estén demasiado ocupados para dedicarse a ti...
Si puedes pasar por alto que la gente se moleste contigo, cuando por causas ajenas a ti algo va mal...
Si puedes aceptar la crítica y la culpa sin resentimiento...
Si puedes enfrentarte al mundo sin mentiras ni engaños...
Si puedes activar tensión sin ayuda médica...
Si puedes relajarte sin licor...
Si puedes dormir sin ayuda de drogas...
Si puedes hacer todas estas cosas...

Entonces probablemente eres el perro de la familia.

Anónimo holandés siglo XXI


lunes, 23 de febrero de 2015

George Orwell en el Barbastro de 1937




Portal del antiguo hospital de San Julian, 1937


Fragmentos extractos de Orwell en España

(Pag. 80)

(...) Barbastro, aunque muy lejos del frente, parecía desolado y castigado. Regueros de milicianos desarrahapados iban y venían por las calles para entrar en calor. En una pared medio derruida un cartel del año anterior anunciaba, que se iban a lidiar "seis magníficos toros" en tal y tal fecha. Qué tristes parecían sus borrados colores. ¿Adónde estarían en aquellos momentos los magníficos toros y toreros?. Creo que ni siquiera en Barcelona habían ya corridas de toros; no sé por qué los mejores toreros eran fascistas. Mi compañía se trasladó en camión a Siétamo y más tarde hacia el oeste, hacia Alcubierre (...)

(Pag. 132)

(...) Dormimos unas horas en un pajar de Monflorite, subimos a un caminón de madrugada, tomamos el tren de las cinco en Barbastro, y tras tener la suerte de empalmar con un tren rápido en Lérida, llegamos a Barcelona a las tres de la tarde del 26 de abril. Y entonces comenzaron los problemas (...)

(Pag. 170-171)

(...) El médico me puso otro vendaje, me inyectó una dosis de morfina y me envió a Siétamo. Los hospitales de Siétamo eran unos barracones de madera construidos a toda velocidad donde por regla general los heridos permanecían unas horas y luego eran enviados a Barbastro o a Lérida. Estaba aturdido por la morfina y seguía sintiendo mucho dolor, casi no me podía mover y no dejaba de tragar sangre. En lo que era un rasgo típico de los hospitales españoles, hallándome en aquel estado la inexperta enfermera quiso obligarme a ingerir la comida del hospital -un banquete a base de caldo, huevos, guisado grasiento y otras cosas- y pareció llevarse una sorpresa al comprobar que no me pasaba. Pedí un cigarrillo, pero atravesábamos un periodo de carestía y no había ni uno en el lugar. Entonces aparecieron dos compañeros, que habían pedido permiso para ausentarse del frente unas horas.
- ¡Hola! Estás vivo ¿no?. Estupendo. Venimos a que nos des el reloj, el revolver y la linterna eléctrica. Y el cuchillo, si es que tienes.
Se llevaron todos mis bienes portátiles, como ocurría siempre que herían a alguien. Todo cuanto poseía, se repartía. Y era justo, porque los relojes, revólveres y objetos afines eran muy valiosos en el frente y se se iban en el macuto de un herido, sin ninguna duda serían robados por el camino.
Al caer la tarde ya enfermos y heridos como para llenar la ambulancia, y nos enviaron a Barbastro. ¡Qué viaje!. Decían que en aquella guerra uno se curaba si le herían en las extremidades, pero si le herían en el abdomen se moría siempre. En aquel momento supe por qué lo decían. Nadie con hemorragias internas hubiera seguido con vida despues de dar tumbos durante tantos kilómetros por aquella carretera con un piso reventado y machacado por los camiones y que no se había reparado desde el comienzo de la guerra. ¡Bang, bum, zumba!. Me acordé de mi infancia y de un artilugio espantoso que vi en la feria del barrio de White City en Londres y que se llamaba "wiggle-woggle". Habían olvidado atarnos a las camillas. A mi aún me quedan fuerzas en el brazo izquierdo para sujetarme, pero un infeliz se cayó al suelo y sólo Dios sabe lo que sufrió. Otro que podía andar y estaba sentado en un rincón, lo lleno todo de vómito. El hospital de Barbastro estaba de bote en bote y las camas tan juntas que casi se tocaban. A la mañana siguiente nos metieron a unos cuantos en un tren hospital y nos enviaron a Lérida (...)

(Pag. 182)

(...) Tengo presentes en la memoria con extraña claridad los detalles de aquel último viaje. Mi estado de ánimo no era ya igual al de los últimos meses y ahora estaba más observador. Me habían dado la licencia con el sello de la División 29 y el certificado médico en el que se me declaraba "inutil". Era libre de volver a Inglaterra y por tanto me sentía capaz, casi por primera vez, de ver España. Tenía que quedarme un día en Barbastro, dado que sólo había un tren al día. Ya había visto algo de Barbastro en visitas anteriores y entonces me había parecido sólo parte del paisaje de la guerra: un lugar frío, gris, lleno de barro, de camiones ruidosos y soldados desharrapados. En aquel momento se me antojaba algo distinto. Mientras paseaba por él, me fijé en las retorcidas calles, en los viejos puentes de piedra, en las bodegas con sus grandes y rezumantes toneles de vino, altos como un hombre, en las misteriosas covachuelas donde se hacían ruedas de carro, puñales, cucharas de madera y odres. Mirando a un hombre que confeccionaba odres descubrí algo que desconocía, y es que se hacen con el pelo hacia adentro, sin quitarlo, así que en realidad lo que bebe uno es la esencia del pelo de cabra. Durante meses había estado bebiendo de aquellos odres sin enterarme. Al final del pueblo había un riachuelo con aguas de color verde jade y al mismo lado se alzaba un risco de paredes verticales con viviendas construidas sobre la roca, de modo que se podía escupir al río desde la ventana del dormitorio a treinta metros de altura. En los agujeros del risco  vivía un ejército de palomas. Y en Lérida habían viejos edificios en ruinas en cuyas cornisas habían anidado miles de golondrinas; a cierta distancia la pauta general de los pegotes de los nidos recordaba las recargadas molduras de la época rococó. Me parecía extraño que durante seis meses no me hubiese fijado en aquellas cosas. Con los papeles de la licencia en el bolsillo me sentía de nuevo un ser humano, e incluso también un turista. Casi por primera vez tenía la impresión que estaba realmente en España; un país que siempre había deseado visitar. En las tranquilas callejuelas de Lérida y Barbastro me pareció percibir un vislumbre pasajero, una especie de eco lejano de la España que mora en el imaginario general: montes pelados, rebaños de cabras, negras y serpenteantes reatas de mulas, olivares y limonares verdes, mujeres con mantilla negra, vino de Málaga y Albacete, catedrales, cardenales, corridas de toros, gitanos, canciones en la calle; en resumen, España. Era el país europeo que más atraía mi imaginacion. Me parecía una lástima, que una vez que había conseguido llegar a ella, sólo hubiera visto aquel rincón noriental en medio de una guerra confusa y casi todo el tiempo en invierno (...)


George Orwell (1903, Motihari, India-Londres, 1950) 

Orwell en España, Edición Marzo 2014, Tusquets Editores, Barcelona