jueves, 31 de marzo de 2011

El ser humano y la Naturaleza



Muerte

Cientos de cuchillos
parecen silbar en el aire de la noche.

Una luna brillante
ilumina la mar en calma.

Hay un gato avezado,
que muy cerca afila su mirada acerada.

En la entrada de una madriguera
asoman un hocico y unos ojos ratoniles.

Hojas secas crujen y rasgan la suave brisa,
es el ruido brusco y rápido que anuncia la Muerte.

En el sigilo un cuchillo de la noche
hizo su trabajo implacable y perfecto.

Luego el gato vanidoso se relame, y ronronea satisfecho sobre la tapia;
mira, pero no ve justo enfrente el azul del mar, que parece infinito.
San Sebastian, verano de 2006


Juan M. Pueyo (Esplús, 1953)

miércoles, 30 de marzo de 2011

Darwish, la voz de la causa palestina

  

MOSCAS VERDES

El espectáculo es eso. Espada y vena.
Un soñador incapaz de ver más allá del horizonte.
Hoy es mejor que mañana, pero los muertos son los que
se renovarán y nacerán cada día,
y cuando intenten dormir, los conducirá la matanza
de su letargo hacia un sueño sin sueños. No importa
el número. Nadie pide ayuda a nadie. Las voces buscan
palabras en el desierto, y responde el eco
claro, herido: "No hay nadie". Pero alguien dice:
“El asesino tiene derecho a defender la intuición
del muerto”. Los muertos exclaman:
“La víctima tiene derecho a defender su derecho
a gritar”. Se eleva la llamada a la oración
en el tiempo de la plegaria a los
féretros uniformes: ataúdes levantados deprisa,
enterrados deprisa. No hay tiempo para
completar los ritos: otros muertos llegan
apresuradamente de otros ataques, solos
o en grupos. Una familia no deja atrás
huérfanos ni hijos muertos. El cielo es gris
plomizo, y el mar es azul grisáceo, pero
al color de la sangre lo ha eclipsado
de la cámara un enjambre de moscas verdes.

Mahmud Darwish (1943-2008)

Ramala, agosto del 2006.
Publicado en la revista Al-Karmel
Traducido del árabe:  María Luisa Prieto

martes, 29 de marzo de 2011

Nuevos guerrilleros ciegos, jacobinos viejos: la revolución necesaria




Exilio representativo
(fragmento)


Aprendes a rogar,
a ofrecer tercamente la cruda contrición de tu pueblo
a los insaciables burócratas,
a los Funcionarios de la Conciencia del Mundo: miras
el espejo por los huecos de sus corazones

con la luz del día, si todavía estás despierto
y tu boca gris de tanto murmurar.
Las palabras se arremolinan como parásitos en torno a tu lengua,
y hacen nidos en tu garganta.

Entre la multitud siempre eres un fugitivo;
no fumes, no bebas.
¿No es tu vida un arma?.
Decaes envenenado por la desesperación,
alanceado como un perro en una calle sin salida,

y en el momento que desees romper el cráneo del día,
y gritar: "Miren, mi pueblo está de pie.
¡Aquí viene la explosión madre!. ¡El poder!",...
entonces habrás olvidado los silencios del lenguaje,
de modo que las hormigas saldrán lentas del grito
eructado por tus entrañas: guerrilleros ciegos.



Breyten Breytenbach (Bonnievale, Sudáfrica, 1939)
Extraído de la revista del Festival de Poesía de Medellín

domingo, 27 de marzo de 2011

El abrazo roto




Sex Fiction


Ballenas perfumadas paseamos cruzando el hilo de la muerte.
Los heridos parecen haber roto sus ataduras,
y salimos tranquilos viejos planetas rotos
por paredes de noche, hacia el barco que espera.

Niños muertos, cadáveres de sencilla sonrisa
llueven plomo, musitan palabras que son máscaras.
Ponen gafas de niebla y de té
para ocultar el deseo, que informa nuestras tardes y todas nuestras noches.
Hierve el agua en sus teteras, intentamos el sexo más nuevo,
y dormimos en camas de siempre espacio yerto.

Cocodrilo del aire, mi viejo amigo el saurio
se oculta en todas las esquinas, y sólo exhibe
su sonrisa en los pliegues.

Por las calles vigilan enemigos de un tiempo que antes estaba vivo,
y los templos dormidos se estremecen en brillos.

Ametrallada la noche
se descubre sin horas,
y engarza en los cuerpos.



Eduardo Haro Ibars (Madrid, 1948-1988)

sábado, 26 de marzo de 2011

Historia de amor frente al Muro de Berlín




Héroes

Yo, yo voy a ser el rey,
y tu, tu serás la reina.

Quienes dicen ruindades de nosotros no van a ningún sitio.
Podemos ganarles, y aunque sea sólo por un día,
podemos ser héroes, aunque sea sólo por un día.
Para ellos tu..., tu serás la mala,
y yo..., yo estaré borracho todo el tiempo,
porque estamos enamorados, y eso es un hecho.
Sí, somos amantes, 

y es que nada nos separará.
Podríamos atrapar al tiempo,
aunque sea sólo por un día,
y entonces seríamos héroes por los siglos de los siglos.
¿Qué quieres decir?...
A mi me gustaría nadar
como los delfines, como delfines pueden nadar.
Porque nada,... nada nos va a separar.
Podemos  batir a quienes nos difaman por los siglos de los siglos.
Oh, podemos ser héroes,
aunque sea sólo por un día.
(estribillo)
Yo,... yo recuerdo,
como de pie junto al Muro (de Berlín)
cuando las balas silbaban sobre nuestras cabezas,
nos besábamos
como si nada fuera con nosotros.
Y la vergüenza estaba al otro lado.
(estribillo)
No somos nada,... y nada ni nadie nos va a ayudará.
Tal vez nos están mintiendo,
y entonces es mejor no quedarse,
porque estamos seguros

que podemos ser héroes,
aunque sea sólo por un día,
sólo por un día.

(estribillo)


David Bowie (Brixton,1947)
Trad. Juan M. Pueyo

jueves, 24 de marzo de 2011

De pronto emoción, ternura y gran poesía





Madrigal de las once

Desnudas han caído
las once campanadas.
Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas,
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.
                                  La mañana
ha roto su collar desde la torre.
En los troncos se rascan las cigarras.
Por detrás de la verja del jardín
resbala
            quieta
                        tu sombrilla blanca.

Dámaso Alonso (1898-1990)

martes, 22 de marzo de 2011

Escritos de 1963




Señores de la guerra


Vengan, señores de la guerra.
Ustedes que construyen las grandes armas.
Ustedes que construyen los aviones de la muerte.
Ustedes que construyen las bombas devastadoras.
Ustedes que se escudan tras sus muros.
Ustedes que se esconden detrás de sus escritorios.
Sólo quiero que sepan,
que puedo verles más allá de sus máscaras.

Se que nunca se puede hacer nada,
pero cuando construyen para destruir,
entonces están jugando con mi mundo
como si fuera su juguete.
Ustedes ponen una pistola en mi mano,
y luego cuando comienza la balacera

desaparecen de mi vista,
huyendo a toda prisa tan lejos como pueden.

Al igual que el Judas de antaño
ustedes mienten y engañan.
Una guerra mundial se puede ganar dicen.
Y quieren que me lo crea.
Pero yo veo a través de sus ojos,
veo a través de sus cerebros,
del mismo modo que veo al agua
desaparecer por mi retrete.

Tocan todos los factores desencadenantes
para que otros disparen, para después
ustedes retroceder y observar.
Cuando el recuento de muertos aumenta
se refugian en sus mansiones,
mientras la sangre de los jóvenes
se escapa de sus cuerpos
enterrados en el barro.

Ustedes han expandido el peor miedo
que jamás pudiera imaginarse:
el miedo a traer hijos
al mundo.
Por amenazar a mi bebé
nonato y sin nombre, les maldigo.
No vale la pena la sangre
que corre por sus venas.

Bien saben que podría decirse
que hablo por hablar,
que soy joven,
que soy ignorante.
Pero hay algo que sé,
aunque sea más joven que ustedes:
se que Jesús nunca
les perdonará lo que hacen.

Déjenme hacerles una pregunta:
¿Es tan bueno su dinero
que puede comprar el perdón?
¿Creen realmente que podría?
Pienso que se darán cuenta,
cuando la muerte se cobre su peaje,
entonces todo su dinero
no servirá para comprar sus almas.

Y espero que mueran,
y que la muerte les llegue pronto a todos.
Voy a seguir sus ataúdes
en la pálida tarde,
y observaré pacientemente mientras bajan
hasta el lecho de muerte.
Y permaneceré encima de sus tumbas,
hasta que esté bien seguro de que están bien muertos.




Bob Dylan (Duluth, Minnesotta, 1941)
Trad.  Juan M. Pueyo

domingo, 20 de marzo de 2011

Like a rolling stone




Como una piedra rodante


En otros tiempos cuando vestías tan elegante,
tirabas diez céntimos a los vagabundos desde tu mundo de lujo.  

¿No lo hacías?...
La gente te decía: "Ten cuidado, muñeca, puedes caer".
Creías que se burlaban de tí,
y tú solías reírte de los colgados. 
Ahora no hablas tan alto,
ahora no pareces tan orgullosa,
cuando necesitas pedir para tu próxima comida.


Qué se siente, qué se siente,
al estar sin un hogar,
como un completo desconocido,
como una piedra rodante.


Has ido a los mejores colegios, señorita solitaria,
y allí aprendiste a tener buen juicio, 

pero nunca nadie te enseñó cómo vivir en la calle,
y ahora descubres, que vas a tener que acostumbrarte a ello.
Decías que nunca te comprometerías
con los misteriosos mendigos, pero ahora  te das cuenta,
que ellos no te venden ninguna excusa,
mientras observas el vacío de la cuenca de sus ojos,
y les preguntas: "¿Quieres hacer un trato?".


Qué se siente, qué se siente (estribillo)


Nunca te dignaste mirar a los malabaristas y payasos,
cuando ellos hacían juegos y trucos para ti. 

Nunca comprendiste que eso no era bueno.
No debiste permitir que otra gente les diera palos.
Solías andar por ahí en caballos de cromos con tu diplomático,
que llevaba en el hombro un gato siamés. 

Fue duro cuando comprobaste, 
que en realidad sólo estaba contigo,
para sacarte todo cuanto pudiese.


Qué se siente, qué se siente (estribillo)


Princesa en la cumbre. Con toda esa gente elegante
bebiendo y pensando que lo han conseguido, que han triunfado,
intercambiando preciosos regalos y cosas bonitas.

Ahora deberás coger tu anillo de diamantes y empeñarlo, cariño. 
Solías ser tan divertida con el Napoleón en harapos. 
Te gustaba tanto su lenguaje. Vete con él ahora. 
Te llama, no puedes negarte.
Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder,
eres invisible entonces, no hay secretos que ocultar.

Qué se siente, qué se siente (estribillo)



Bob Dylan (Duluth, Minnesotta, 1941)
Trad.  Juan M. Pueyo

sábado, 19 de marzo de 2011

IV Recordando cosas bellas de Japón en sus días de tragedia


Chuei Yagi en una lectura de poesía

Corre Kerouac


Un atardecer de otoño
estando de pie en Times Square,
acaso yo intentaba cortar en pedazos
un sueño momentáneo. 
Grandes y tristes
se cruzan los vientos de la bandera de Estados Unidos, 
y las estrellas vocean.
En medio de la animada avenida de los sueños
corre Kerouac,
Sigue su sombra una máquina de escribir, 
echa humo, habla sin parar.
¡Plaf!, se chocan los taxis amarillos.
Desde el grueso brazo de un taxista
me hace guiños la tatuada América.
Cada vez que sopla el viento cálido
la tierra se tambalea.


Oh lunático,
católico místico,
vigilante del incendio forestal del Servicio de Silvicultura...
Se derrumban las nubes de la cumbre.
Una isla optimista da un alarido,
lavada fuertemente por el río.
¿De dónde he venido caminando?,
En esta ciudad hay de todo, y no hay nada:
policías a caballo, muslitos de mujeres.
Ay, el dolor me parte la cabeza.
Kerouac corre.
Un perro corre arrastrando arcoiris y estrellas.
Los vaqueros azules huelen a sudor. 
Alegres mexicanos se desmayan.
En este continente también fluyen nubes ZEN. 
Los árboles negros susurran,
y yo me detengo en Times Square para preguntar,
qué es el arcoíris.
Oh Señor, es el aro de los pobres.
Tú, viajero de verano a otoño, 
sé un madero humilde.



Chuei Yagi [Niigata, 1941] 
Licenciado en artes de la Universidad Nihon, fue director de la revista de poesía Gendaishi Techo y la editorial Shichosha. Actualmente publica la revista Ichiban samui basho y enseña en el Colegio Femenino Universitario de Aoyama-Gakuin.

viernes, 18 de marzo de 2011

III Recordando cosas bellas de Japón en sus días de tragedia




Meditación ardiente

Soy una meditación que quema.
Dentro guardo una isla acuosa,
pájaros marinos y la luna llena.
Alquilo un hogar a los cocodrilos del Nilo,
y mi meditación no es agua azulada
sino rojo deseo.
Creciendo en sus ojos
alimento los cocodrilos con un sol deleitable,
y los dejo dormir.
Vivo en una meditación que quema,
oyendo la isla acuosa golpeada por las olas,
callada silenciosamente.


Kazuko Shiraishi [Vancouver, 1931] 
Una de las más conocidas poetas de hoy, ha recibido premios como el Mugen, Rekitei, Jun Takami o Yomiuri.
Trad. Fernando Barbosa

jueves, 17 de marzo de 2011

II Recordando cosas bellas de Japón en sus días de tragedia



Las mejillas coloradas de mi madre

En los inviernos
se hicieron más coloradas las mejillas de mi madre,
y brillaron vivamente, de especial manera,
aquel invierno del año en que se perdió la Guerra.
Entonces por el golpe de la derrota
se enfriaron aún más los corazones de la gente.
Ese frío hizo que la nieve fuera más intensa, en la zona
semirural que está en las afueras de la ciudad de Yokohama.
Y a medianoche cuando vinieron a buscarla,
mi madre salió desafiando el viento glacial sobre su bicicleta,
amarró el maletín negro al portaequipajes,
y partió hacia la casa, donde esperaba la embarazada,
aguantando sus dolores de parto.
Siempre vinieron a buscarla a las altas horas de la noche,
y mi madre antes de salir averiguaba sin falta la hora del
pleamar. Mi hermano menor y yo, que éramos estudiantes
de primaria, nos aferrábamos a las ropas de la cama,
mientras abrazábamos el vacío que quedaba
después de la salida de nuestra madre,
y le pedíamos que nos jurara, que regresaría pronto.

Yutaka Hosono [Yokohama, 1936]
Estudió español en la Universidad de Tokio, y durante más de cuatro décadas trabajó en Brasil, Bolivia y México, donde tradujo al japonés numerosos poetas españoles y latinoamericano.
Trad. del autor

miércoles, 16 de marzo de 2011

I Recordando cosas bellas de Japón en sus días de tragedia



Un día ofrecido como regalo


Como dejé el equipo de pesca en casa,
regresé por el camino del río,
y los pantalones se llenaron de cadillos.
Luego, en una hondonada donde había remolinos,
escuché murmullos de insectos y discursos de pájaros.
Un par de ojos se sobrecogieron 
ante el color violeta de las flores de arrurruz 
y el plata de las espigas.
Cuando me puse en marcha,
voló una comadreja desde mis pies,
y atravesó el vado un faisán.
No es cierto.
Voló un faisán desde mis pies
y atravesó el vado una comadreja.
Vi a lo lejos unos niños, que lanzaban
y recogían sucesivamente 
los señuelos del estanque.
En el cielo planea despacio un milano,
y me quedé viéndolo, 
hasta que me dolió el cuello.
Pronto un hombre gritaría, 
al encontrar un nido de ruiseñor entre las cañas.


Tetsuo Nakagami [Osaka, 1939]
Economista de la Universidad de Tokio. Su poesía es un homenaje a la Generación Beat norteamericana, muchos de cuyos autores ha traducido al japonés.
Trad. Ryukichi Terao