martes, 15 de febrero de 2011

Elogio al afán descubridor renacentista


Paisaje y la caída de Ícaro, de Brueghel el Viejo, 1555


Boceto para La caída de Ícaro

Islitas relucientes en el mar,
fragatas de incierta procedencia.
Las islas atesoran gran cultura así,
entre las diecinueve y las veinte horas;
o sea, al anochecer;
más no,
aún no es tan tarde, pues hay un campesino,
uno de esos hombres laboriosos deslomándose
para reunir unas monedas,
que trabaja todavía en su campo
como un héroe agrícola:
juega su juego, gana su buen dinero
a esa tierra, que es pardo negruzca.
Un ser alado a punto está de confiarse
al aire, más tarde lo veremos
agitarse en el éter..
De maravillosa picardía
la mirada de la luna, y uno se sienta admirado
sobre el templo de la naturaleza
encima de una piedra,
limitándose a contemplar
un pajarillo canoro volador, enamorado de sus trinos,
mientras sus ovejas, abandonadas a si mismas,
pacen tranquilas en el pálido poniente
adornado de tonos rojizos.
¡Ay, dolor!. Una mano gesticula,
en mudo grito de ayuda desplomándose
desde lo alto;
y cómo sonríe alegre la bahía
con máxima afectación, porque él juró
que vencería la gravedad sobre el mar,
se casaría feliz con la divina belleza en el azur,
y se burlaría de las raíces de la tierra, y ahora
se convierte en excelente maestrillo en volteretas,
habiendo percibido su relativa pequeñez.
No obstante, loables son los dones
del espíritu emprendedor; lo que he escrito aquí
se lo debo a un cuadro de Brueghel, enraizado
en mi memoria,
y al que tributé el máximo respeto,
porque me pareció una espléndida pintura.
Cualquier afán
por elevarnos
sobre la vulgaridad
tiene un límite en la vida.

Robert Walser (1878-1956)
Extraído del libro Ante la pintura. Ed. Siruela
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