jueves, 29 de enero de 2009

War Crimes for the Home, de Liz Jensen


¿Verdad que no es lo mismo un crimen de guerra que una guerra? En la guerra suceden los crímenes de guerra. Pues bien, una verdad de perogrullo tan enorme como esta, se la ha pasado por el forro de los... esa anfetamínica cabeza pensante que ha parido para este libro tan desventurado título: GUERRA EN LA FAMILIA, en su edición española de Alfaguara, una excelente novela de Liz Jensen, periodista inglesa y joven y vitalista narradora, perteneciente a la nueva hornada de creadores que se está fraguando en la lengua de Shakespeare. No merecía, para comenzar, tan feo atropello la bella historia de Jensen, porque el núcleo paritorio de la obra se centra en unos hechos precisos y puntuales, que como consecuencia de ellos y por su incidencia en la razón de ser del relato, la autora da al texto un acertado título que juzga apropiado: WAR CRIMES FOR THE HOME, al cual, la anfetamínica y estrujadísima cabeza pensante que lo encajó en la edición española, ha desdeñado olímpicamente.
Pero eso no importa, es secundario, calderilla menudencia, frente al interesante aliento vital, brío narrativo, y sano sentido del humor que destila por doquier la buena prosa de Liz Jensen en esta trama argumental, urdida con notable ingenio sobre unos temas tan cercanos a todos europeos como fueron los bombardeos de Hitler sobre Londres y toda la gran tragedia que supuso la Segunda Guerra Mundial, y sus posteriores consecuencias durante la segunda mitad del siglo pasado; unido a un tratamiento entre tierno y sarcástico de una enfermedad como el Alzehimer, que convulsiona la estabilidad de millones de hogares en nuestros días. Con todo ello, la autora ha confeccionado un cocktail realmente bueno, cuya degustación puede resultar excelsa para cualquier oscura tarde de este nevoso invierno. 
Ah,... y asimismo, no quiero que quede en el olvido esa chistosa voz que subyace a lo largo de todo el relato, cargada con dignidad y pasión de familiares ecos que rememoran a los mejores Salman Rushdie y Bill Bourroughs... e incluso, cierto punto cervantino.
Por lo tanto, no queda nada más que agradecer a la autora los buenos momentos pasados en su compañía.   
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