viernes, 26 de diciembre de 2008

Muerte prematura

Siempre pensé que la vida de una persona que se trunca en la alborada de la madurez es lo más cruel que puede ocurrirle a alguien, es la tragedia más dolorosa, y la frustración más profunda acomete sin compasión a los seres queridos que rodean a esa persona; conmocionados por una sensación de desamparo, de rabia y desvalimiento: es como una rosa que comienza abrir todo su esplendor que esperas verla en su cenit, y entonces alguien la corta, o es pisoteada y destrozada, se hace un nudo en tu garganta y con impotencia concluyes que te ha sido hurtado el incipiente deleite de la visión de una belleza segura. Con furia maldices a la Muerte que se ha llevado de manera tan injusta a esa vida joven y prometedora, con desesperación y desolado, olvidando que tanto Élla como el nacimiento forman parte de la Vida. Como acertaba de pleno y con gran lirismo, la voz de aquel profundo y eterno verso de Jaime Gil:  "...envejecer, morir es el único argumento de la obra". Desdichadamente, también Jaime Gil de Biedma fue devorado por esa tragedia, también tuvo una muerte prematura, también le hurtaron la mitad del argumento.
Los seres humanos, todos y cada uno de nosotros, hemos sufrido en alguna ocasión a lo largo de nuestra vida una muerte prematura de algún allegado que nos ha marcado fatalmente, fatídica ruptura que íntimamente te rebela contra todo, pero la asumes porque no hay otra, para el ser humano no hay alternativa: es preciso seguir, continuar hacia adelante. Puedes consolarte pensando en el axioma budista: Todo lo que nace muere. Y si tienes la suficiente fe, de la misma manera puedes proseguir y concluir con la aseveración compasiva del Buda: Pero todo lo que muere, tal vez un día vuelve a la vida... 
Mero cálculo probabilista y una cuestión de fe.
Con fe o sin fe, con cábalas o sin cábalas, la vida sigue en los parámetros de las rutinas habituales, aunque ahora con el amargo poso que deja la muerte prematura e inesperada de ese alguien a quien estimamos y que nos ha sido arrebatado.
A mi, desde siempre, me duelen mucho estas muertes, de quién sea, conocido o desconocido; esas rosas cortadas, destrozadas, pisoteadas, tiradas como colillas en el camino, siempre hace que se forme cierto nudo de angustia en mi garganta, y durante este nevoso mes de Diciembre, tres han sido las luctuosas y desdichadas noticias de este tipo que se han acercado hasta mi, alterando en gran medida mi emotividad y mi paz. Tres muertes de personas jóvenes de 45 años, tres sonrisas cuya luz jamás volverá alumbrarme: un amigo de Binefar, Mario Sanmartin, vitalista empresario y entusiasta fan de los Stones; un conocido de Barbastro, a quien nunca he tratado aunque persona encantadora; y el último Premio Nadal de Novela, Francisco Casavella, extraordinario escritor cuya mejor obra, pese al magnífico legado suyo a la posteridad, todos esperábamos, y de quien al final nunca jamás volveremos a leer una sóla linea nueva; su fina ironía al recibir el premio el día de Reyes me llamó poderosamente la atención, y pude percibir a través de élla su sincera humildad y la seria honestidad de su talante, el sutil desdén hacia la fatuidad que envuelve todos esos tinglados, al declarar a una atractiva entrevistadora de TV: Ahora sí que podré "fardar" de verdad ...
Tres víctimas nuevas se incorporan al cúmulo de la más grande de las tragedias humanas: la muerte prematura.
Que en paz descansen.
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